Compost

La montaña de compost de nuestro olivar

Los niños del compost llegaron a comprenderse a sí mismos en tanto especie humana, más en términos de humus, que como humanos o no humanos. En las siguientes cinco generaciones, el centro de la educación de cada nuevo niño lo constituyó el aprender a vivir en simbiosis con su animal simbiogenético, junto con todas las relaciones a las que éste pertenece. Nutrir al animal simbionte significa ser nutrido a su vez, como también, inventar prácticas de cuidado de la red-de-sí-mismos en simbiosis. Los simbiontes humanos y animales mantienen el ritmo de la vida mortal, heredando y creando prácticas de recuperación, sobrevivencia y lorecimiento. Debido a que los compañeros animales en la simbiosis son migratorios, cada niño humano vive y aprende con otras personas y sus simbiontes, andando por múltiples trayectos y nodos, y fortaleciendo las alianzas y colaboraciones necesarias para hacer posible la continuidad de la vida. En estas comunidades, prepararse para ir de visita —literal y figurativemente— es una práctica pedagógica vitalicia. Las ciencias y las artes, practicadas conjunta y separadamente, se expanden apasionadamente como medios para adaptar a las comunidades ecológicas naturculturales—que de por sí evolucionan rápidamente—, a un buen vivir y buen morir, a lo largo de los riesgosos siglos caracterizados por el cambio climático irreversible, las altas tasas de extinción de especies y otros problemas”.

Las historias de Camille: los niños del compost, Donna Haraway Este texto corresponde a apartes del Capítulo 8 (“The Camille Stories”) del libro Staying with the Trouble. Making Kin in the Chthulucene, de autoría de Donna J. Haraway, pp. 134-168. Copyright, 2016, Duke University Press. 

La tierra se estrecha para nosotros

La tierra se estrecha para nosotros. Nos hacina en el último pasaje y nos despojamos de nuestros miembros para pasar. La tierra nos exprime. ¡Ah, si fuéramos su trigo para morir y renacer! ¡Ah, si fuera nuestra madre para apiadarse de nosotros! ¡Ah, si fuéramos imágenes de rocas que nuestro sueño portara cual espejos! Hemos visto los rostros de los que matará el último de nosotros en la última defensa del alma. Hemos llorado el cumpleaños de sus hijos. Y hemos visto los rostros de los que arrojarán a nuestros hijos por las ventanas de este último espacio. Espejos que pulirá nuestra estrella. ¿Adónde iremos después de las últimas fronteras? ¿Dónde volarán los pájaros después del último cielo? ¿Dónde dormirán las plantas después del último aire? Escribiremos nuestros nombres con vapor teñido de carmesí, cortaremos la mano al canto para que lo complete nuestra carne. Aquí moriremos. Aquí, en el último pasaje. Aquí o ahí… nuestra sangre plantará sus olivos”.

MAHMUD DARWISH (La tierra se estrecha para nosostros).

Lo llaman poda de producción, o de rejuvenecimiento, o de formación… La verdad es que cada invierno tengo tengo las mismas sensaciones des/encontradas con esta amputación tan violenta. Nosotrxs no solemos quemar la poda. La dejamos en un rincón del campo, amontonada, mientras vamos viendo como poco a poco, se va empequeñeciendo… Lentamente… Hasta convertirse de nuevo en compost.